De niña me daba miedo el intervalo entre las cuatro y las seis de la tarde. Nada cambiaba. Las cuatro sigue siendo una hora fatídica, las cuatro de la tarde, las cuatro de la madrugada, los polos de mi tiempo particular.
Fuera está gris, hace un tiempo tormentoso. Miro el océano, a unos nueve metros; me pregunto por qué la marea se detiene en cierto momento, por qué no entra en mi casa, pero tengo que vivir mis limitaciones, así que supongo que también el océano tiene su propio destino.