esperaba escuchar algo nuevo, algo que nunca había escuchado y que me libraría de las garras de la amargura, pero ¿sabes lo que dijo? Jesús murió por mis pecados. No hay sitio para la amargura y el enojo en eso. Me quedé con la boca abierta. El hecho de que Jesús había muerto por mis pecados era justo lo primero que había aprendido en la fe pero no se me había ocurrido que esto me podría proteger de la amargura y el enojo. Desde luego, este hombre había entendido este concepto mucho más profundamente que yo.