El antídoto del orgullo es elegir la humildad y la integridad en lugar de un posicionamiento como el de ser importante o tener razón, desquitarse, complacerse en culpar o buscar admiración. Todo crédito por los logros conseguidos se entrega a Dios como presencia de la Divinidad interna, en lugar de dárselo al ego; por lo tanto, los logros producen gratitud y alegría en lugar de orgullo vulnerable.