Luego, mirando por encima de mí, como si pudiera ver muy lejos, murmuró:
—Es mi escondite judío, Momo.
—Ah, bueno, está bien.
—¿Lo comprendes?
—No, pero no importa. Estoy acostumbrado.
—Es donde me escondo cuando tengo miedo.
—¿Miedo de qué, señora Rosa?
—Para tener miedo no hacen falta motivos, Momo.
Nunca se me ha olvidado. Es la verdad más grande que he oído en mi vida.