—Me di cuenta de todo a fondo, como que el pavor lo hace a uno consciente de cada movimiento, y al mismo tiempo, como que el pavor es una inercia autónoma. Advertí que sólo pensaba en mí mismo, y que trataba como podía de pensar en los demás, en los míos. Me afligía y me serenaba, pero sin dejar de hacer las cosas, de gritar, de apresurar, de tranquilizar, de planear la salida, todo tan acelerado que no oía, sólo veía espectáculos. Estaba aterrado, pero el llanto de mi hija retumbaba dentro de mí, era interminable, lo seguí oyendo mucho rato después.