La mirada inmensamente negra y brillante, una sonrisa enorme y contagiosa (que pasaba de aniñada a salvaje en un segundo), el abanico de tonalidades con el que hablaba –sabiendo que ahí, en ese detalle sonoro, habitaba la fortaleza de lo dicho, su misterio y su concepción, pero también la contemplación de quien recibía su mensaje– no lograban ocultar para nada su tristeza prácticamente crónica. A veces era una tristeza desoladora, otras una tristeza rabiosa.