Alfonso Orejel

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    larga.
    ¿Se trataba de un pueblo fantasma que ni siquiera registraban los mapas? Salió y continuó buscando algo qué beber y, de paso, algo que echarse en el estómago. Llegó hasta donde se alzaba una plazoleta con un kiosco de madera y aterrado descubrió, detrás de unas bancas, una pila de huesos color cal que semejaban leños dispuestos para encender una hoguera. Otros estaban pulverizados, como si un hubieran sido destrozadas con un mazo o de un pisotón gigantesco. Y, coronados también por un mensaje fúnebre escrito sobre la pared del muro del kiosco: para que aprendan a respetar.
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    locomotora.
    —¿Vas para el Norte, también?
    —Nosotros siempre vamos pal Norte. Siempre —asintió, hablando en nombre de los pasajeros que los acompañaban en la travesía.
    —Órale.
    —Vamos al Norte, pero nunca llegamos.
    —¡Pues yo sí voy a llegar!
    Soltó una carcajada, e irónico, preguntó:
    —¿De veras?
    —Eso dicen todos. Y parece que estamos condenados a viajar siempre en este tren.
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    —¿Cómo cuánto dura en llegar a la frontera?
    Soltó una carcajada.
    —¿Me estás preguntando en serio?
    —Claro, ¿por qué tendría que bromear?
    —Una eternidad.
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    alerta:
    —¡Vienen los buitres, vienen los buitres!
    Agustín vio pasar un ave enorme por encima de sus cabezas, graznando.
    —¿Qué es eso?
    —¿Traes dinero?
    —No.
    —¿Algo de valor?
    —Pues no.
    —Sí, traes un cinturón.
    —Bueno, sí. ¿Por qué?
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    qué?
    —Porque el tren se va detener de nuevo un poco en la siguiente curva, pasando el puente, y los buitres se van a subir a quitarnos lo que puedan.
    —¿Son aves de rapiña?
    —Por supuesto, mi sangre, son Maras.
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    —Son buitres desalmados, dispuestos a todo: a picotearte el pecho para sacarte el corazón, a meter su asqueroso pico en tus ojos para comérselos, a saborear tus intestinos frescos. Para no tener problemas es mejor darles algo.
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    niño metió los dedos en su boca y se arrancó un diente de metal plateado.
    El hondureño extendió los brazos y exclamó:
    —No tengo ya nada qué darle, mi sangre. Estoy jodido.
    El buitre de piel más oscura, con los brazos tatuados de imágenes religiosas, serpientes y puñales, lo agarró del cuello y le dijo —dejándole gotas de saliva en el rostro—:
    —No te hagas pendejo. Siempre hay algo que dar.
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