Y, por si nos faltan adjetivos, podemos recurrir al gran historiador francés Fernand Braudel, quien afirma que la naturaleza latinoamericana es “con frecuencia alucinante, siempre desmesurada, tiránica”. Esto es lo que los extranjeros buscan y quieren ver en
México y en sus manifestaciones culturales, y esto es lo que nosotros mismos procuramos mostrarles: el México de los mariachis y los cactos espinosos, de las pulgas vestidas y los frijoles saltarines, el México de los volcanes en erupción —y del volcán a cuyos pies agonizó el cónsul de Malcolm Lowry—, el México de los terremotos y las pirámides en cuya cúspide humean los corazones humanos aún palpitantes, el México de los ídolos bañados de sangre, el México de la Serpiente emplumada de D. H. Lawrence, de los hongos alucinógenos y de la mezcalina, el México de Aldous Huxley y el de André Breton, el México de las calaveras de azúcar que desató la locura dormida de Artaud, país de bandidos ensombrerados y matanzas rituales, tierra de revolucionarios violentos y de grandes y negros bigotes como los de Pancho Villa y Emiliano Zapata.