Las mujeres alcohólicas rara vez se asociaban con la imagen de vividores que sí tenían ellos. Cuando estaban bajo los efectos del alcohol, las mujeres eran como animales o niños: estupefactas, desvalidas, avergonzadas. Su alcoholismo no era tanto el necesario antídoto de su propia y asombrosa clarividencia –un catalizador o un bálsamo para estos Virgilios del paraíso perdido– cuanto una forma de autocompasión o melodrama, de histeria, de sufrimiento gratuito