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Al tercer día el televisor resucita de entre los electrodomésticos muertos. Es inevitable, supongo. El plazo exacto para que una noticia de accidente vial desaparezca completamente de los medios. No hace falta correr riesgos innecesarios. El cronograma se cumple sin fallas. Las primeras veinticuatro horas el show se monta en exteriores, y la pantalla se tiñe de sangre fresca y cuerpos inertes. Abundan las tomas generales para los vehículos destrozados, los planos detalle para zapatos solitarios o juguetes macabramente deformados y las notas desprolijas con testigos semianalfabetos. Al día siguiente los ánimos se serenan un poco y el debate se traslada a los estudios, donde diversos personajes opinan sobre la gravedad del asunto y evalúan medidas preventivas que nunca se llevarán a la práctica. Eso es todo. Se