Lo que más me afecta es el silencio. Se va acrecentando conforme se acumulan las semanas y los días: se me hunde en las carnes, me comprime los huesos, me provoca una presión en los oídos que me devuelve un zumbido. Es un silencio creado en calles donde el sexo y la política mueren temprano porque la conversación no es un requisito diario; el lenguaje expresivo ha dejado de ser moneda corriente; la gente habla para trasmitir información, no para conectar.